
Donald Trump amaneció este miércoles como el presidente más debilitado de su segundo mandato. Pero debilitado no es lo mismo que desarmado. Tras perder la Cámara de Representantes y el Senado en una derrota más amplia de lo previsto, felicitó a los demócratas y prometió “trabajar” con ellos. Un día antes se había definido como “el señor veto”. La pregunta que recorre Washington es cuánto durará ese tono.
El mandatario, de 80 años, ha mostrado un patrón conocido. “Cada vez que Trump se ve acorralado, alza más la voz y sale a pelear”, advirtió Peter Loge, director de la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la Universidad George Washington. La señal llegó rápido: horas después de su gesto conciliador publicó la imagen de una gorra roja con la palabra “VETO”.
Además, atribuyó el revés a que su nombre no figuraba en la papeleta, aunque durante semanas pidió a sus votantes que fingieran que sí. El argumento es difícil de sostener. Su impopularidad, con la guerra con Irán, la gasolina y el costo de vida como telón de fondo, fue el lastre de los candidatos que él mismo impulsó.
Los demócratas podrán abrir investigaciones, citar a funcionarios y bloquear vacantes en la Corte Suprema o nuevos ministros. Pero tienen un techo claro. Un juicio político puede nacer en la Cámara, pero destituir al presidente exige dos tercios del Senado, algo inalcanzable con una mayoría demócrata de unas 54 bancas. Y para anular un veto hacen falta los mismos dos tercios en ambas cámaras.
El efecto real será de desgaste: citaciones, audiencias y una Casa Blanca obligada a defenderse. Trump ya dijo que enfrentará cualquier investigación.
Aquí está la gran paradoja. La Cámara demócrata puede fiscalizar a ICE, exigir explicaciones sobre las condiciones de detención y las tácticas de los agentes, pero no puede revertir por sí sola las políticas del Ejecutivo. Y su arma tradicional, el presupuesto, quedó recortada. En junio, los republicanos aprobaron por reconciliación un paquete de unos 70.000 millones de dólares que financia a ICE y a la Patrulla Fronteriza hasta el final del mandato de Trump. Fue el desenlace de un prolongado cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional, desatado cuando dos ciudadanos estadounidenses murieron a manos de agentes federales en Minneapolis.
A eso se suma que, según medios estadounidenses, la Casa Blanca planea apoyarse en órdenes ejecutivas para endurecer la política migratoria, como hizo en sus primeros cien días. Cualquier ley que busque proteger a beneficiarios de programas como DACA o el TPS podría avanzar en la Cámara, pero chocaría con el veto.
El mensaje de los hispanos fue contundente. Los demócratas ganaron los tres distritos de la frontera sur de Texas que los republicanos habían rediseñado a su favor, y el candidato Adam Hamilton se impuso por más de diez puntos en un condado kansano de mayoría hispana donde Trump había ganado por 40 hace dos años. Una encuesta del Pew Research Center de octubre ubicaba la aprobación del presidente entre los latinos en apenas 24%.
El motivo, según los sondeos, es el bolsillo: precios de los alimentos, gasolina, aranceles y salud. Con unos 39 millones de hispanos habilitados para votar, el segundo grupo más numeroso del electorado, ninguno de los dos partidos puede darlos por sentado. El presidente del comité de campaña republicano de la Cámara los había definido como el “bloque más importante” para su partido.
El mensaje también es una advertencia para los demócratas. “El problema de una buena noche electoral es que puede ocultar muchas debilidades”, señaló la estratega Lis Smith. Si no logran resultados en asequibilidad, el voto latino podría volver a moverse.
Es el terreno donde un presidente débil conserva más libertad. Sobre Irán, Trump dijo que aún busca un acuerdo, pero advirtió que “de lo contrario, simplemente terminaré el trabajo”. Una escalada militar sería un golpe directo a los hogares latinos, que ya sufren la gasolina cara. Con la guerra en su octavo mes, el costo político de reanudarla es ahora mayor, porque muchos republicanos culpan al conflicto de la derrota.
También está en juego su autoridad ante otros líderes. Las conversaciones sobre Ucrania están previstas para la semana próxima en Abu Dabi, y una cumbre con Xi Jinping y Vladimir Putin se prevé en menos de dos semanas. “No creo que quiera que su legado sea el de un belicista”, opinó Ryan Hass, de la Brookings Institution. Cómo repercutirá la derrota en su política hacia América Latina es otra incógnita que el nuevo Congreso podría fiscalizar.
Trump podría refugiarse en lo que más disfruta: construir. Su proyecto estrella es un salón de fiestas de 400 millones de dólares en la Casa Blanca, que espera terminar a fines de 2028. Mientras tanto, la carrera por el 2028 ya late. El vicepresidente J. D. Vance, hasta ahora heredero natural, enfrenta el dilema de distanciarse de un jefe desacreditado. El cubanoamericano Marco Rubio asoma como alternativa de una coalición pos-MAGA, y Ron DeSantis podría apostar a ser el outsider del desgaste.
La conclusión es doble. Trump seguirá siendo peligroso por los poderes que conserva, pero ya no es invencible. Y para la comunidad hispana, que acaba de demostrar su peso en las urnas, los próximos dos años se medirán en tres cosas concretas: el precio de la vida, el destino de las políticas migratorias y la guerra con Irán.
Más información:


