
Cuatro días después de perder el balotaje presidencial ante Luiz Inácio Lula da Silva, el senador brasileño Flávio Bolsonaro está en paradero desconocido. Se fugó de Brasil desafiando una orden de la Corte Suprema, cruzó a Argentina, voló en un jet privado hasta Ecuador y volvió a despegar sin que se sepa adónde. La plataforma de seguimiento de vuelos Flightaware apunta a Miami.
El hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, de 45 años, no reconoció su derrota. Tampoco había dado señales de querer irse: el lunes juró en un video que no tenía intención de abandonar el país y que entregaría sus pasaportes.
“Nunca pensé en salir del país. Voy a entregar mis pasaportes y me voy a defender de esta aberración”, aseguró entonces.
La Justicia le había ordenado entregar sus documentos de viaje en 24 horas, en el marco de una investigación por presunto lavado de dinero que tramita bajo secreto de sumario. Cuando venció el plazo, la Policía Federal canceló sus pasaportes, el ordinario y el diplomático. Para entonces, el senador ya estaba fuera de su alcance.
La travesía comenzó con un cruce de frontera hacia Argentina. Las primeras versiones oficiales fueron contradictorias: fuentes del Gobierno argentino negaron que hubiera ingresado. Horas después, la Dirección Nacional de Migraciones reconoció que Bolsonaro cruzó poco antes de la medianoche “con documentación hábil de viaje sin ningún impedimento legal”.
Desde el aeropuerto de Puerto Iguazú, el senador, su esposa y sus dos hijas abordaron un vuelo privado con destino a Guayaquil. El avión aterrizó en la madrugada del miércoles, hora de Ecuador, cargó combustible y despegó de nuevo media hora después. Desde allí, el rastro se enfría.
Un dato complica cualquier intento de rastrearlo: Bolsonaro tiene nacionalidad italiana desde 2023, lo que le abre otra puerta si sus papeles brasileños quedan inutilizados.
Lula, que festejó su cumpleaños número 81 en Brasilia, calificó la huida como “vergonzosa”, aunque evitó confirmarla por falta de “informaciones precisas”. Fue más duro con la lógica del gesto: “Quien no debe, no teme”, dijo, y recordó que él mismo eligió quedarse y cumplir prisión para probar su inocencia en el caso Lava Jato.
En su propio bando reina el desconcierto. El jefe de campaña, Rogério Marinho, admitió que no tienen noticias de su paradero y que su única comunicación fue un mensaje de texto de la mañana: el senador pedía tiempo y prometía hablar más tarde.
Diputados del Partido de los Trabajadores, mientras tanto, pidieron al juez Alexandre de Moraes la prisión preventiva de Bolsonaro y su inclusión en la lista de alerta roja de la Interpol.
Lula ganó el balotaje con casi el 52% de los votos frente al 48% de su rival, una ventaja de más de cuatro millones de sufragios. Bolsonaro había sido favorito: se impuso en la primera vuelta del 4 de octubre. Tras la derrota, anunció que pediría anular la elección alegando que la decisión judicial de extender dos horas la votación benefició a Lula.
La derrota tiene consecuencias personales inmediatas. En febrero perderá su banca en el Senado y, por primera vez desde 2003, quedará sin cargo público. Una victoria le habría dado un escudo: los presidentes brasileños no pueden ser responsabilizados durante su mandato por hechos anteriores a asumir. El senador está investigado por presunta corrupción y lavado de dinero en la financiación de una película sobre su padre, entre otras causas abiertas.
Había prometido que su primer acto de gobierno sería liberar a Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
Estados Unidos aparece como el destino más probable. El Departamento de Estado prometió visas para Bolsonaro y su familia. Allí vive su hermano Eduardo desde marzo de 2025, quien actúa como enlace con el entorno de Donald Trump y había dicho la semana pasada que veía con buenos ojos que Flávio dejara Brasil si perdía. El propio Jair pasó tres meses en territorio estadounidense antes de la asunción de Lula en 2022.
Trump, aliado cercano del clan, había calificado de “amañada” la elección brasileña. “Francamente, pareció otra elección amañada… Se veía tan corrupta, tan terrible”, dijo. El paralelismo con su propia derrota de 2020 es evidente, y analistas ven un riesgo de escalada.
Para Evan Ellis, del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, si Washington insiste en que los comicios fueron ilegítimos, aumentará la hostilidad con Lula, que además no volverá a enfrentar elecciones. Un presidente deslegitimado por Trump podría redoblar la presión en temas como la campaña contra los cárteles, Cuba, Irán, Israel o los aranceles.
La relación ya venía tensa: Estados Unidos no tiene embajador en Brasilia y la embajadora brasileña en Washington sigue sin visado. Desde el Gobierno brasileño calificaron las palabras de Trump como un “lloriqueo de perdedor”, pero apuestan por una “relación correcta”.
Hay mucho en juego. Brasil es el gigante comercial de Sudamérica y proveedor clave de café y carne, insumos relevantes en la lucha de Trump contra la inflación. Washington busca además que Brasil se aleje de China y cerrar acuerdos sobre tierras raras. Del otro lado, Lula lidera a la izquierda latinoamericana frente al Escudo de las Américas, la iniciativa de Trump en una región que giró hacia la derecha.
Por ahora, la pregunta es más inmediata: dónde está Flávio Bolsonaro y qué hará la Justicia brasileña cuando lo ubique.
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