
Luiz Inácio Lula da Silva volvió a hacerlo. El presidente brasileño, de casi 81 años, fue reelegido este domingo para un inédito cuarto mandato al derrotar en el balotaje al senador Flávio Bolsonaro, en una de las elecciones más reñidas de la historia del país y con una remontada sin precedentes desde el retorno de la democracia.
Con casi la totalidad de las urnas escrutadas, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) obtuvo el 51,7% de los votos, frente al 48,2% del candidato del Partido Liberal. Con el 97,69% escrutado, las cifras oficiales mostraban una ventaja de más de cuatro millones de votos. El Tribunal Superior Electoral lo declaró presidente electo.
Es la primera vez desde el fin de la dictadura militar (1964-1985) que un candidato que quedó segundo en la primera vuelta se impone en la segunda. Hasta hoy, desde la restauración de las elecciones presidenciales directas en 1989, quien encabezaba la primera ronda siempre llegaba al Palacio de Planalto.
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había sido el más votado, con el 47% frente al 45,1% de Lula, una diferencia de 2,2 millones de votos que las encuestas no habían anticipado. Lula no solo revirtió esa brecha: la convirtió en una ventaja de más de cuatro millones.
La victoria desmiente además a los sondeos, que hablaban de un empate técnico con ligera ventaja para el senador.
La votación terminó en medio de la polémica. Un juez de la corte suprema ordenó extender dos horas el cierre de los colegios electorales, luego de que la campaña de Lula denunciara obstáculos en el transporte público en ciudades del noreste, como Salvador de Bahía, donde el mandatario tiene su base electoral. La campaña de Bolsonaro pidió después la misma prórroga para municipios del sur y el sureste, donde es favorito, por las intensas lluvias.
“Nadie puede dejar de votar porque algún empresario sinvergüenza o algún alcalde de mala calaña, bandido, intentó impedir que el pueblo votara”, había dicho Lula frente a su casa en São Paulo.
La medida generó reacciones opuestas. “Es más que justo, los dos partidos lo pidieron”, afirmó una votante de Lula en Río de Janeiro. En Brasilia, bolsonaristas reunidos en la Explanada de los Ministerios la calificaron de “vergüenza”, y uno de ellos aseguró que “Flávio va a ganar”.
Bolsonaro había advertido que las inundaciones en una región donde tenía ventaja lo perjudicarían injustamente, mientras que Lula acusó a funcionarios de frenar deliberadamente el transporte en zonas donde ganó en la primera vuelta.
Como suele ocurrir en Brasil, los primeros resultados favorecieron a la derecha, porque los votos del Sur y el Sudeste, regiones más conservadoras y con mejor infraestructura, llegan antes al Tribunal Superior Electoral. Los del Norte y, sobre todo, del Nordeste, bastión del izquierdista, se incorporan más tarde. Los especialistas subrayan que estas remontadas durante el conteo no son señal de fraude, sino consecuencia del orden en que llegan los boletines.
Mientras a lo lejos estallaban fuegos artificiales de simpatizantes del PT, en la sede de campaña de Bolsonaro, en Brasilia, reinaba un silencio de funeral. Dos seguidores abandonaron el lugar entre gritos e insultos al Nordeste, la región más pobre del país y la más fiel a Lula. Entre los periodistas locales dominaban la sorpresa y la incredulidad. Dirigentes como el gobernador de São Paulo y el diputado más votado del país permanecían encerrados en una carpa.
Tras la derrota en la primera vuelta, el presidente reorganizó su campaña y movilizó a sus bases bajo el lema “Nunca más Bolsonaro”. Presentó la elección como “una defensa de la democracia” frente al posible regreso de la familia Bolsonaro, y recordó la gestión de la pandemia, que dejó 700.000 muertos, y los recortes a programas públicos durante el gobierno de Jair Bolsonaro.
En el tramo final, el Gobierno tomó medidas de impacto:
“El cambio no es privar a la gente de sus derechos”, respondió Lula a las promesas de su rival.
Su campaña también se volcó a las redes. El presidente se compró su primer celular y grabó videos selfi. Acusó a Meta, dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, de favorecer a su rival mediante “manipulación algorítmica”, algo que la empresa negó.
Flávio Bolsonaro, de 45 años, prometió endurecer la lucha contra la delincuencia, recortar el gasto público y aliviar el costo de vida. “Llegó la hora del cambio”, había dicho al votar en Río. Se presentó como una versión más moderada de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, que cumple una condena de 27 años bajo arresto domiciliario por intento de golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
El resultado tiene lectura continental. Los candidatos de derecha alineados con Washington habían ganado las últimas siete elecciones en la región, y Donald Trump se había convertido en una especie de armador de victorias en América Latina. Brasil era la mayor prueba para ese esquema. Trump, que no había apoyado de forma explícita al hijo de su aliado, se limitó a decir este domingo: “La estamos siguiendo”.
La relación con Estados Unidos queda ahora bajo interrogantes. En 2025, el gobierno de Trump impuso aranceles de hasta 50% a ciertos productos brasileños y los vinculó públicamente con el proceso judicial contra Jair Bolsonaro. Lula, por su parte, buscó durante su mandato reforzar el multilateralismo, la integración regional y la cooperación con el Sur Global.
Lula celebrará su 81º cumpleaños el martes, con el triunfo en el bolsillo. Pero enfrentará un escenario complejo: un Congreso con mayoría récord del Partido Liberal, una economía con inflación y desempleo a la baja pero con un alto costo de vida, y un país partido casi por la mitad. Con la tensión por la extensión del horario de votación aún latente, el desafío será gobernar en un clima de fuerte polarización.
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