
Casi 160 millones de brasileños están convocados este domingo a las urnas para elegir entre dos proyectos de país radicalmente opuestos. El balotaje entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, y el senador Flávio Bolsonaro, de 45, llega con un dato que condensa la tensión de las últimas semanas: la encuesta de Datafolha del jueves los dejó con exactamente el 50% de los votos válidos cada uno. Más parejo, imposible.
Los centros de votación cierran a las 17:00 hora de Brasilia (20:00 GMT) y los resultados se esperan pocas horas después.
Todo el recorrido hacia la segunda vuelta estuvo marcado por el empate técnico. Aun así, el promedio de sondeos de EL PAÍS le da a Bolsonaro el triunfo en siete de cada diez escenarios, y a Lula en tres. El senador es favorito, pero por la mínima.
El último debate, disputado en la recta final, terminó sin un vencedor claro. Lula salió a la ofensiva, apeló a su experiencia y puso a su rival a la defensiva con preguntas sobre las sospechas que lo rodean. Bolsonaro eligió un tono moderado y presidencial para no asustar a los indecisos, con alusiones a su padre.
La clave puede estar en la movilización. En la primera vuelta se abstuvo el 21% del padrón, y hoy hay 33 millones de electores que decidirán si se quedan en casa. La lluvia en buena parte del país podría influir en la asistencia.
Flávio Bolsonaro desmintió a todas las encuestas en la primera vuelta: obtuvo el 47% frente al 45,2% de Lula. Lo habían subestimado tanto la derecha tradicional como el propio oficialismo, que lo despreciaba por frágil e inexperto.
Con ese impulso, el senador consiguió el respaldo del resto de la derecha, que celebra el recorte del gasto público que promete. Su plataforma incluye además mano dura contra la delincuencia y alivio del costo de vida. Se presenta como un Bolsonaro moderado y proclama que “es hora de jubilar a Lula”.
Pero también encendió alarmas al anunciar una reforma constitucional para “redemocratizar Brasil”, una frase que inquietó a los sectores democráticos. Y adelantó que, si gana, indultará a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, para que lo acompañe en la asunción de enero.
El expresidente, de 71 años, cumple una condena de 27 años por conspirar para impedir la transmisión del mando tras perder las elecciones de 2022. Está inhabilitado y confinado en su casa por motivos de salud. Designó a su hijo mayor como heredero político hace 11 meses y, según se supo, mantuvo con él en plena campaña el primer encuentro que el juez autorizó.
La familia forma una dinastía política: sus otros hijos y su esposa, Michelle, ocupan o ocuparán escaños. El Partido Liberal, al que pertenecen, tiene una mayoría récord en el Congreso, por lo que un eventual gobierno de Lula enfrentaría una oposición muy fuerte. Si gana Bolsonaro, concentraría un poder enorme, con influencia además sobre la composición del Tribunal Supremo.
Lula aspira a un cuarto mandato, el tercero consecutivo para el PT en esta etapa y el quinto gobierno del partido. Ninguno de los candidatos que perdieron la primera vuelta ganó el balotaje desde la restauración democrática, hace cuatro décadas. Es el obstáculo estadístico que intenta romper.
Tras el golpe de la primera vuelta, el presidente reorganizó su campaña. Llenó plazas en capitales y periferias, sumó a diez millones de internautas a su “Ejército de Lula” y reclutó a decenas de influenciadores. Estrenó su primer teléfono celular y grabó videos tipo selfi. Su principal bandera de las últimas semanas fue la histórica reducción de la jornada laboral aprobada por el Congreso, que dará a millones de brasileños dos días libres por semana.
Se presenta como el dique de contención frente a una deriva autoritaria y a la sumisión a Estados Unidos. Su campaña advierte que los Bolsonaro entregarían tierras raras y otras riquezas a Donald Trump. Su 81º cumpleaños es el martes, y será dulce o amargo según lo que decidan las urnas.
La campaña de Lula acusó a Meta, dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, de favorecer a Bolsonaro mediante una supuesta manipulación algorítmica. La empresa lo negó, aunque admitió errores como la desactivación de anuncios de la campaña oficialista por motivos técnicos.
Brasil llega al balotaje con una economía en la que la inflación y el desempleo cayeron, pero con votantes hartos del alto costo de vida y de la inseguridad. “Estamos en un pozo, la situación está fea”, resumió una jubilada de 68 años en Río de Janeiro. Del otro lado, una joven de 21 años advirtió que “Brasil necesita más tiempo de Lula” para evitar el avance del fascismo.
Así, el voto se divide entre quienes ven en Lula la defensa de las conquistas sociales y la democracia, y quienes ven en Bolsonaro la esperanza de cambio. En Río, simpatizantes de ambos bandos se cruzaron gritos y cánticos mientras el senador votaba.
Para las minorías y los ambientalistas, el resultado es una cuestión de fondo. El candidato ultraderechista anunció que no demarcará “ni un centímetro” de tierras indígenas, y su triunfo pondría en riesgo la Amazonia.
El resultado definirá si la mayor economía de América Latina sigue siendo el gran bastión de la izquierda regional o se suma al giro a la derecha impulsado por Trump. Será también una señal para el progresismo mundial y el Sur Global.
Los analistas ya anticipan una resaca difícil. Si gana Lula, enfrentará cuatro años con un Congreso hostil. Si gana Bolsonaro, advierten, podría haber un gobierno de represalias contra la Corte Suprema, detestada por la derecha tras condenar a su padre. Y para los más críticos, un triunfo ultraderechista implicaría un retroceso en estabilidad democrática.
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