
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto dejó una nueva evidencia de la capacidad destructiva de la actividad tectónica en Sudamérica. El sismo provocó graves daños y numerosas víctimas, pero los especialistas descartan que pueda utilizarse como una señal para determinar dónde ocurrirá el próximo gran terremoto.
La ciencia tampoco puede establecer una fecha para el llamado “Big One”. Lo que sí puede hacer es identificar zonas donde las placas tectónicas acumulan tensión, estudiar terremotos ocurridos durante siglos y calcular probabilidades para determinados periodos.
Entre esos lugares, el sur de California ocupa actualmente un sitio especialmente relevante después de una investigación que reconstruyó mil años de actividad sísmica.
La falla de San Andrés es uno de los principales puntos de preocupación. Un estudio publicado en junio de 2026 reconstruyó mediante modelos físicos la evolución de las fallas de San Andrés y San Jacinto durante los últimos mil años.
Los resultados indican que varios segmentos presentan niveles de tensión actuales que alcanzan o superan los valores más altos observados en la reconstrucción histórica. El sector de San Jacinto Bernardino, por ejemplo, registra en el modelo una tensión de 3,6 megapascales, mientras que el segmento Mojave Sur alcanza 2,8 megapascales.
El punto especialmente importante es Cajon Pass, donde convergen estructuras de San Andrés y San Jacinto. Los investigadores plantean que podría funcionar como una especie de “puerta sísmica”, capaz de dificultar o facilitar que una ruptura pase de una falla a otra.
Esto abre la posibilidad de terremotos que involucren simultáneamente distintos segmentos. Sin embargo, el estudio no predice que vaya a producirse un terremoto próximamente ni establece una fecha.
Frente a las costas de Japón se encuentra otra de las zonas de mayor amenaza sísmica del planeta. La fosa de Nankai es capaz de generar terremotos de magnitud entre 8 y 9, acompañados por tsunamis.
La evaluación oficial japonesa revisada recientemente mantiene la región dentro de la categoría de mayor riesgo. Según el método utilizado, la probabilidad de un gran terremoto durante los próximos 30 años se sitúa entre 60 y 90 por ciento, mientras que otro método arroja entre 20 y 50 por ciento.
La diferencia entre las estimaciones demuestra por qué estas cifras no deben interpretarse como una cuenta regresiva. El propio sistema japonés aclara que actualmente no existe una señal extraordinaria que indique que el terremoto esté a punto de ocurrir.
En el noroeste del Pacífico se encuentra la zona de subducción de Cascadia, que se extiende desde el norte de California hasta la isla de Vancouver.
Los registros geológicos indican que allí pueden producirse terremotos cercanos a magnitud 9. El último gran evento ocurrió en 1700 y provocó un tsunami que incluso quedó registrado en Japón.
El Servicio Geológico de Estados Unidos estima actualmente entre 10 y 15 por ciento la probabilidad de un terremoto de aproximadamente magnitud 9 en Cascadia durante los próximos 50 años.
Aunque la probabilidad es inferior a la de Nankai en algunas estimaciones, las consecuencias potenciales son enormes debido a la extensión de la ruptura y a la población expuesta.
El borde occidental de Sudamérica concentra otra enorme fuente de energía tectónica. Allí la placa de Nazca se introduce bajo la placa Sudamericana y ha generado algunos de los mayores terremotos registrados en la historia.
En el norte de Chile, el segmento de Atacama es considerado una brecha sísmica madura. Investigaciones recientes señalan que no ha registrado un terremoto superior a magnitud 8 desde 1922 y estudian su capacidad para producir una ruptura de gran tamaño.
Más al norte, investigaciones sobre la subducción chilena estiman que la región tiene potencial para un terremoto cercano a magnitud 8,8. El riesgo se extiende además hacia Perú, donde los grandes terremotos históricos frente a la costa de Lima mantienen la atención de los especialistas.
El Himalaya representa un escenario diferente. Allí la placa India continúa desplazándose hacia el norte y chocando contra la placa Euroasiática, acumulando deformación en una de las zonas tectónicas más activas del planeta.
Los estudios geológicos y sísmicos muestran que el sistema puede generar terremotos de gran magnitud. La amenaza adquiere una dimensión especial por la enorme población expuesta en Nepal, India, Bután y regiones cercanas.
La dificultad para reconstruir terremotos antiguos hace que las probabilidades sean más inciertas que en zonas como Japón o Cascadia. Aun así, la región permanece entre las áreas que requieren una vigilancia sísmica constante.
Hablar de un “terremoto apocalíptico” no tiene un significado científico preciso. Un terremoto puede ser extremadamente destructivo sin que exista una predicción previa de su ocurrencia.
Para que una predicción sísmica sea considerada como tal debería establecer de antemano el lugar, el momento y la magnitud del terremoto. La comunidad científica no dispone actualmente de un método capaz de proporcionar esos tres datos con precisión.
Por eso, el hallazgo sobre San Andrés no significa que California esté ante una alarma sísmica inmediata. Significa algo más concreto: los modelos científicos muestran un sistema con niveles elevados de tensión y permiten estudiar escenarios de ruptura que podrían afectar a millones de personas.
El terremoto de Colombia tampoco “transfirió” energía hacia California, Japón o cualquier otra región distante. Cada sistema tectónico tiene su propia dinámica. La lección más importante no es intentar adivinar dónde será el próximo terremoto, sino identificar las zonas de mayor peligro y reducir sus consecuencias antes de que ocurra.
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