
Cuando se pregunta cuál fue el peor año de la historia, la respuesta suele oscilar entre 1347, con la llegada de la Peste Negra, 1914 y 1939, con el estallido de las dos guerras mundiales, o 2020, con la pandemia. Un grupo de historiadores propone otra fecha, mucho más remota y casi desconocida: el año 536 de nuestra era.
El medievalista Michael McCormick, de la Universidad de Harvard, lo dijo en 2018 a la revista Science: fue “el comienzo de uno de los peores períodos para estar vivo, si no el peor año”. Su tesis tiene una peculiaridad: la evidencia más sólida no estaba en los libros, sino congelada en el hielo.
A comienzos de 536, una niebla densa y grisácea cubrió Europa, Oriente Medio y buena parte de Asia. No fue pasajera: durante unos 18 meses el cielo permaneció velado, de día y de noche.
El historiador bizantino Procopio de Cesarea lo anotó con inquietud: el Sol “daba su luz sin brillo, como la Luna” y se parecía a un Sol eclipsado. El senador romano Casiodoro, en una carta de 538, escribió que el astro había perdido su luz habitual y tenía un color azulado, y que le asombraba no ver las sombras de los cuerpos al mediodía.
La explicación llegó siglos después. Los núcleos de hielo y los anillos de los árboles revelaron que una gran erupción volcánica lanzó a la atmósfera ceniza y azufre suficientes para reflejar la luz solar hacia el espacio. Las temperaturas de verano cayeron entre 1,5 y 2,5 grados en Europa y Asia, y comenzó la década más fría de los últimos 2.300 años.
Las consecuencias fueron inmediatas. En China cayó nieve en pleno verano, las cosechas se perdieron y el hambre se extendió. Los anales irlandeses registran un “fracaso del pan” entre 536 y 539. En el Perú, la cultura Moche sufrió sequías en medio de alteraciones climáticas.
Y el golpe no fue único. Dos erupciones más, en 540 y 547, prolongaron el enfriamiento en lo que se conoce como la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía, que se extendió por más de un siglo.
En 541, con las poblaciones debilitadas por el hambre, la peste bubónica entró por el puerto egipcio de Pelusio y se propagó por el Mediterráneo. Es la llamada peste de Justiniano, causada por la bacteria Yersinia pestis. Según las crónicas, en el peor momento morían miles de personas al día en Constantinopla, y el propio emperador enfermó, aunque sobrevivió.
Las estimaciones de mortalidad son controvertidas. Algunos historiadores hablan de entre un tercio y la mitad de la población del Imperio bizantino. Un estudio de 2019 sostiene, en cambio, que su impacto pudo haberse exagerado y que no hay pruebas de que fuera la causa principal de los cambios políticos posteriores. El debate sigue abierto.
Aquí está la otra mitad de la historia. Durante siglos, aquella época fue despachada como parte de la “Edad Oscura”, una etiqueta que servía para nombrar un período mal documentado y que, de paso, ocultó su dramatismo. Quedaban pocos textos: unas líneas de Procopio, una carta de Casiodoro, anales dispersos.
La reconstrucción llegó con la ciencia. El dendroclimatólogo Ulf Büntgen detectó en los anillos de los árboles las huellas de erupciones en 536, 540 y 547. Y un análisis ultrapreciso de un glaciar de los Alpes suizos, dirigido por McCormick y el glaciólogo Paul Mayewski, halló diminutos fragmentos de vidrio volcánico en el hielo de la primavera de 536. Su composición coincide con rocas de Islandia, aunque otros investigadores piden más pruebas y mantienen abierta la posibilidad de un origen en América del Norte.
El hielo guardó otro dato elocuente: hacia el año 640 aparece plomo en el aire, señal de que la minería de plata resurgía y la economía se recuperaba. Es decir, el estancamiento duró unos cien años.
El título tiene matices. El historiador Miles Pattenden advierte que quienes vivieron en 536 quizá no percibieron la magnitud de lo que ocurría, como en el síndrome de la rana hervida: el deterioro fue gradual. De hecho, el momento más duro pudo llegar años después, cuando se acumularon la peste, las sequías y el frío.
Tampoco fue un desastre uniforme. Mientras Europa y Asia sufrían, la península arábiga recibió más lluvias y se volvió más verde. Con el Imperio bizantino y el persa debilitados, se cree que esas condiciones, entre otros factores, ayudaron a que el Imperio árabe irrumpiera con fuerza en el siglo VII.
Por eso historiadores como Kyle Harper o Jared Diamond reivindican la historia del clima: las condiciones del planeta pesan más en el rumbo de las sociedades de lo que se pensaba. Del 536 queda una advertencia sobre la fragilidad humana ante la naturaleza. Y una paradoja: la prueba de aquella oscuridad se conservó, intacta, bajo el hielo.
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