
Miles de estudiantes de secundaria, apoyados por sindicatos y universitarios, salen este martes a las calles de toda Francia en una nueva jornada nacional de protestas, tras dos semanas de movilizaciones marcadas por bloqueos de escuelas, choques con la policía y heridos graves.
Las autoridades prevén manifestaciones en todo el país y entre 20.000 y 40.000 participantes solo en París, donde la marcha partirá desde la plaza de la República en medio de un fuerte operativo de seguridad.
El ministro del Interior, Laurent Nuñez, aseguró que la situación está «bajo control», aunque reconoció que el nivel de violencia registrado, en especial contra profesores y fuerzas de seguridad, es «inédito» en comparación con movilizaciones estudiantiles anteriores.
El movimiento nació el 25 de septiembre en el liceo Saint-Exupéry de Créteil, en las afueras de París, y se extendió rápidamente a todo el país. Los liceos son los establecimientos donde estudian jóvenes de entre 15 y 18 años, en el último ciclo de la educación secundaria.
Los alumnos denuncian la falta de reemplazo de profesores ausentes, horarios sobrecargados y edificios deteriorados que no están adaptados al cambio climático. También piden reorganizar la jornada escolar para empezar las clases más tarde.
«Los techos se caen» y «las ratas merodean», resumió Marius Mesnil, cosecretario general de la Unión Sindical de los Liceos (USL), uno de los voceros del movimiento.
Según un estudio del principal sindicato docente del país, el 69% de los equipos de profesores en las escuelas secundarias estaban incompletos al comienzo del ciclo lectivo.
El punto más alto de la movilización se registró el 1 de octubre, cuando hubo acciones en 1.027 establecimientos, más de una cuarta parte de los 3.700 liceos del país. El lunes, el ministro de Educación, Édouard Geffray, informó que 589 centros habían sido afectados.
Aunque muchas protestas fueron pacíficas, en algunas se incendiaron contenedores de basura, se destrozaron paradas de autobús y hubo enfrentamientos con la policía antidisturbios, que respondió con bastones, gases lacrimógenos y proyectiles.
Según el Gobierno, desde el inicio del movimiento resultaron heridos 215 estudiantes, 85 integrantes del personal docente y 715 policías. Además, 24 escuelas fueron incendiadas o saqueadas y más de 5.000 personas fueron detenidas, el 87% de ellas menores de edad.
El caso más grave ocurrió el lunes en Lens, en el norte del país, donde un estudiante de 15 años perdió una mano. Según una fuente sindical policial, el joven recogió una granada de dispersión lanzada por los agentes durante una concentración de entre 200 y 250 alumnos frente a un liceo. La fiscalía confirmó la gravedad de las heridas, aunque aclaró que su vida no corre peligro.
El 30 de septiembre, en Tours, en el centro del país, un estudiante de 16 años perdió la visión de un ojo, presuntamente tras recibir el impacto de una bala de goma disparada por la policía.
La Inspección General de la Policía Nacional abrió diez investigaciones internas por denuncias de abusos. «No es normal que haya heridos graves. Evidentemente, son tragedias», admitió Nuñez, aunque defendió el uso de las llamadas armas intermedias ante alteraciones graves del orden público.
Organizaciones de derechos humanos y sindicatos acusan a la policía de un uso excesivo de la fuerza. Amnistía Internacional pidió «poner fin a la represión policial desproporcionada» y advirtió sobre el uso peligroso de gases lacrimógenos, bastones y técnicas de intervención.
La líder del sindicato CGT, Sophie Binet, anunció que sus afiliados estarán presentes en las marchas para «proteger a los estudiantes de liceo».
Mesnil, por su parte, intentó despegar al movimiento de los hechos violentos, a los que calificó de minoritarios y amplificados por los medios. «No pensamos que la violencia nos vaya a permitir conseguir nuestras demandas, no forma parte de nuestros métodos», afirmó.
El ministro del Interior advirtió que la principal preocupación es la posible infiltración de grupos violentos, como los llamados «Black Blocs», que suelen vestirse de negro y ocultar el rostro.
El primer ministro, Sébastien Lecornu, anunció el domingo un paquete de medidas para intentar calmar las protestas, que incluye reforzar el personal docente, mejorar las instalaciones y reorganizar la jornada escolar. Al mismo tiempo, impulsa una ley para que los responsables de daños a la propiedad pública paguen las reparaciones.
Los estudiantes rechazaron los anuncios. «Es una trampa, nos dan migajas. El pulso se va a intensificar», advirtió Mesnil.
El Gobierno acusa al partido de izquierda radical La Francia Insumisa de estar detrás de las movilizaciones. Su líder, Jean-Luc Mélenchon, expresó su apoyo a los manifestantes, aunque pidió utilizar métodos no violentos. Los voceros estudiantiles niegan cualquier instrumentalización política.
Las protestas estallan a pocos meses de la elección presidencial de 2027, en la que se elegirá al sucesor de Emmanuel Macron, y mientras el Gobierno intenta aprobar un presupuesto con un fuerte ajuste fiscal para reducir el déficit y la deuda pública.
Los principales sindicatos franceses reforzaron su apoyo a los estudiantes y convocaron una nueva jornada de huelga para el 5 de noviembre, en reclamo de aumentos salariales frente al encarecimiento del costo de vida, sobre todo de la energía.
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