
Nueve años después de la última y más potente prueba nuclear de Corea del Norte, la tierra sigue temblando bajo el monte Mantap. Un estudio internacional publicado en la revista Science detectó 1.399 pequeños terremotos en la zona donde el régimen de Kim Jong Un realizó sus seis ensayos atómicos subterráneos, y concluyó que las explosiones reactivaron fallas geológicas que habían permanecido prácticamente dormidas durante siglos. Lo más inquietante: en lugar de apagarse con el tiempo, los sismos se multiplicaron año tras año.
Entre 2006 y 2017, Corea del Norte realizó seis pruebas nucleares en el complejo de Punggye-ri, excavado bajo el monte Mantap, en la provincia de Hamgyong del Norte. La montaña ofrecía cientos de metros de roca para contener las detonaciones. La última, del 3 de septiembre de 2017, fue por lejos la más poderosa: liberó una energía estimada de entre 100 y 250 kilotones y generó una señal sísmica equivalente a un terremoto de magnitud 6,3, según el Servicio Geológico de Estados Unidos.
Hasta entonces, la región era considerada geológicamente tranquila. Los investigadores solo encontraron un gran terremoto cortical en un radio de 200 kilómetros entre el año 23 antes de Cristo y 1903: un sismo de magnitud 6,7 ocurrido en 1810, a unos 100 kilómetros del monte. Entre 1904 y 2017, los catálogos regionales y mundiales no registraron ningún terremoto de este tipo a menos de 50 kilómetros del sitio de pruebas.
El equipo, liderado por Xingli Fan, de la Universidad de Tecnología de Chengdu (China), junto con científicos de la Universidad Nacional de Pusan (Corea del Sur), analizó 17 años de registros continuos, entre 2008 y 2025, obtenidos por estaciones sísmicas de China y Corea del Sur ubicadas a entre 80 y 200 kilómetros del lugar.
Para encontrar lo que los sistemas convencionales no ven, aplicaron una técnica llamada detección por filtro adaptado, capaz de identificar microsismos ocultos entre el ruido de fondo. El resultado superó lo esperado: 1.399 terremotos locales, la mayoría de magnitud inferior a 2. Tras la primera prueba de 2006 se registraron unos 60 temblores a lo largo de once años, con cierto repunte a partir de 2013, después del tercer ensayo. Pero el gran salto llegó tras la detonación de 2017, seguida por unos 1.330 sismos.
Lo habitual es que una explosión subterránea provoque una ráfaga de pequeños temblores que se disipa en pocas semanas. En Punggye-ri ocurrió lo contrario. La actividad tectónica sostenida comenzó unos 20 días después de la prueba de 2017, y tanto la frecuencia como la intensidad de los sismos siguieron aumentando hasta 2025.
«El resultado más notable no es simplemente que los terremotos siguieran a las pruebas nucleares subterráneas, sino cómo evolucionó la sismicidad», explicó el sismólogo Kwang-Hee Kim, de la Universidad Nacional de Pusan y líder del equipo surcoreano.
Al ubicar con precisión 955 de los temblores, los científicos descubrieron que no estaban distribuidos al azar: formaban dos líneas aproximadamente paralelas que se alejan del sitio de pruebas hacia el norte-noroeste. Una coincide con la prolongación de una falla ya conocida. La otra reveló una estructura oculta que nunca había sido cartografiada.
Según el estudio, las explosiones no crearon fallas nuevas, sino que dañaron una corteza que ya estaba al límite. El propio peso del monte Mantap, con sus laderas empinadas, ejercía una fuerte presión sobre la roca subyacente. Las detonaciones debilitaron ese material y las tensiones comenzaron a redistribuirse lentamente, hasta hacer deslizar fallas cercanas años después. «Nuestra interpretación es que las pruebas perturbaron un volumen cortical que ya estaba cerca del fallo y adelantaron o facilitaron el deslizamiento en fallas preexistentes», señaló Kim.
La estructura más larga identificada se extiende unos 24 kilómetros. Si funcionara como una única falla conectada, podría generar en teoría un terremoto de magnitud cercana a 6,4, según advirtió Kim. Los autores, sin embargo, remarcan que se trata de un escenario hipotético y no de una predicción.
El hallazgo tiene además consecuencias para la vigilancia internacional de los ensayos atómicos. El cumplimiento del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares depende en buena medida de las redes sísmicas, que distinguen las explosiones de los terremotos naturales por su «firma». Si una detonación puede seguir provocando sismos tectónicos durante años, esa tarea se vuelve mucho más compleja. Como resumieron los investigadores, el monte Mantap demuestra que las explosiones nucleares subterráneas «pueden generar efectos duraderos en la corteza».
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