
La Copa Mundial 2026 quedó envuelta en una de las mayores controversias del torneo después de que la FIFA decidiera levantar la suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun, expulsado en el partido anterior, permitiéndole disputar el duelo de octavos de final frente a Bélgica.
La resolución fue anunciada apenas cuatro días después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mantuviera una conversación telefónica con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedir una revisión del caso, según confirmaron fuentes cercanas al episodio a distintos medios internacionales.
La coincidencia temporal desencadenó una ola de cuestionamientos sobre la independencia de las decisiones disciplinarias del máximo organismo del fútbol.
Za ten wredny faul Florian Balogun dostał czerwoną kartkę.
— Jacek Liberski 🇵🇱🇪🇺🇺🇲🏳️🌈 (@jacek_liberski) July 5, 2026
FIFA właśnie cofnęła automatyczne zawieszenie kary, co oznacza, że będzie mógł zagrać w kolejnym meczu.
Trump oficjalnie podziękował @FIFAcom.
Brud w sporcie, brud w polityce.
Dzisiejszy świat. pic.twitter.com/vzYCU1uwcs
Balogun había recibido una tarjeta roja directa durante el encuentro frente a Bosnia y Herzegovina tras un pisotón sobre el defensor Tarik Muharemovic.
De acuerdo con el reglamento de la FIFA, una expulsión implica automáticamente una fecha de suspensión. Sin embargo, la Comisión Disciplinaria resolvió aplicar el artículo 27 del Código Disciplinario, que permite suspender la ejecución de una sanción e imponer al futbolista un período de prueba de un año.
Gracias a esa medida excepcional, el delantero quedó habilitado para jugar contra Bélgica.
Pocos minutos después del anuncio oficial, Trump celebró la resolución desde su red Truth Social.
«Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia», escribió el mandatario estadounidense.
La Federación Belga de Fútbol expresó su sorpresa y aseguró que la decisión contradice el reglamento de la competición.
Además, anunció que analiza todas las vías reglamentarias disponibles para impugnar la medida.
El entrenador belga, Rudi Garcia, apeló a la ironía durante la conferencia de prensa previa al partido.
«No sabía que en las oficinas de la FIFA el 5 de julio equivalía al 1 de abril en Europa», comentó en referencia al Día de los Inocentes.
La respuesta más contundente llegó desde la UEFA.
El organismo europeo calificó la resolución como «inédita, incomprensible e injustificable» y advirtió que se ha puesto en riesgo la credibilidad del torneo.
En un comunicado, sostuvo que la suspensión automática tras una tarjeta roja constituye uno de los principios básicos del reglamento y alertó sobre el precedente que esta decisión podría generar para el resto de la competencia.
Las críticas también alcanzaron al expresidente de la FIFA Joseph Blatter.
El exdirigente suizo sostuvo que «las tarjetas rojas no se anulan por llamadas telefónicas políticas» y preguntó públicamente «¿Hacia dónde va la FIFA?».
Para Blatter, el fútbol no puede convertirse en un espacio donde las decisiones deportivas queden expuestas a presiones políticas.
Sus declaraciones reforzaron un debate que rápidamente trascendió el ámbito futbolístico.
Del lado estadounidense, la noticia fue recibida como una victoria.
El seleccionador Mauricio Pochettino sostuvo que la expulsión original había sido excesiva y consideró que el equipo ya había pagado un precio deportivo al jugar media hora con diez futbolistas frente a Bosnia.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, también había cuestionado días atrás la sanción y reclamó que existiera un mecanismo de apelación para este tipo de situaciones.
Christian Pulisic, una de las figuras del plantel, aseguró que la presencia de Balogun representa «un enorme impulso» para afrontar el compromiso frente a Bélgica.
Aunque la FIFA sostiene que actuó dentro de las facultades que le otorga su Código Disciplinario, la combinación entre la llamada de Trump, el cambio de criterio y la cercanía del partido alimentó las sospechas sobre una posible influencia política.
Más allá del resultado entre Estados Unidos y Bélgica, la polémica ya dejó instalada una discusión que probablemente continúe después del Mundial: hasta dónde puede llegar la discrecionalidad de los organismos deportivos y cómo proteger la independencia de sus decisiones cuando intervienen intereses políticos de primer nivel.
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