
El Salvador, una nación que hasta hace pocos años era sinónimo de violencia y aparecía constantemente como ejemplo de lo que la criminalidad puede infligir a una sociedad, ha experimentado una transformación asombrosa. Hoy, se ha convertido en un referente mundial en materia de seguridad, con una tasa de homicidios que rivaliza con la de países desarrollados como Canadá, superando incluso a cualquier estado de la Unión Americana.
Este giro radical, conocido como el «Efecto Bukele», ha puesto el foco en la estrategia implementada por el presidente Nayib Bukele, quien asumió el cargo en 2019 con la promesa de devolver la tranquilidad a los salvadoreños. El éxito de su plan no solo ha devuelto la paz a millones de personas, sino que también ha impulsado el turismo, atrayendo casi 4 millones de visitantes anuales, convenciones de criptomonedas y concursos internacionales de surf.
Antes de 2019, la realidad de El Salvador era sombría. Las pandillas ejercían un control férreo sobre amplias zonas comerciales, densas áreas poblacionales e, incluso, sobre el sistema penitenciario, que operaba como una «escuela del crimen» desde donde se planificaban asesinatos y se dirigía una vasta red de extorsiones.
Ante este panorama, el presidente Bukele lanzó el Plan Control Territorial. La iniciativa incluyó un amplio despliegue de fuerzas de seguridad para recuperar zonas dominadas por grupos criminales y, crucialmente, retomar el control absoluto de las cárceles.
Un elemento central de esta estrategia fue la construcción del Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), una megacárcel diseñada para albergar a los criminales más peligrosos que sembraron el terror en el territorio. En el CECOT, los pandilleros de mayor rango cumplen condenas de por vida, desarticulando la cadena de mando que operaba desde el interior del sistema penitenciario anterior.
El contundente éxito salvadoreño ha resonado en toda América Latina, donde varios países, azotados por el aumento de la criminalidad, el narcotráfico y el crimen organizado, buscan emular su receta de seguridad.
La influencia del mandatario salvadoreño ha trascendido a debates electorales y políticos en otros países. En las elecciones presidenciales de Chile, el modelo de seguridad se coló en la agenda, donde el líder de la derecha, José Antonio Kast, ha sido comparado políticamente con Bukele. Incluso en Colombia, alcaldes y legisladores han expresado públicamente su interés en seguir los pasos del gobernante centroamericano, lo que ha abierto sendos debates sobre la pertinencia y la replicabilidad del modelo salvadoreño.
El Salvador ha pasado de ser un ejemplo de violencia a una demostración de cómo una estrategia de seguridad firme y contundente puede, en un periodo de solo seis años, devolver la tranquilidad a millones de personas y transformar radicalmente la imagen y el futuro de una nación.
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