Sorpresa en Málaga: Banderas entrega el Premio de Honor a Schwarzenegger

La ovación final fue tan imponente como el personaje que la provocó.

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La leyenda del cine de acción Arnold Schwarzenegger aterrizó en Málaga para recibir el Premio de Honor en la primera edición de la San Diego Comic-Con celebrada en la ciudad española.

Pero la verdadera sorpresa llegó cuando el actor Antonio Banderas apareció sin previo aviso para entregarle el galardón, acompañado por el director Álex de la Iglesia, maestro de ceremonias del evento.

“En Málaga ya lo tenemos todo: museos, teatros, gastronomía… solo nos faltaba una Comic-Con”, proclamó Banderas, ovacionado por los asistentes.

“Y qué mejor que inaugurarla premiando a una leyenda a la que tuve el placer de cocinarle una paella en mi casa. Fue la segunda vez que pisaba España, después de filmar Conan el Bárbaro en los años 80”.

Schwarzenegger, emocionado

“Gracias, Antonio. Siempre he admirado tu trabajo, y poder compartir pantalla contigo en Los Mercenarios fue un lujo. Cuando me propusieron venir aquí, no lo dudé ni un segundo. Volver a Málaga es como volver a casa. Aquí comenzó todo, con Conan, hace ya 45 años”.

Y como era de esperar, el actor encendió al público -más de 3.000 personas reunidas en el Hall M- repitiendo algunas de sus frases más míticas. Primero, la brutal sentencia de Conan:

“¡Aplastar a tus enemigos, verlos huir ante ti y oír el lamento de sus mujeres!”

Y luego, las inconfundibles líneas que lo eternizaron en Terminator:

“Volveré”
“Hasta la vista, baby”

“50 años de cine, músculo y aventuras”

Schwarzenegger aprovechó su discurso para hacer un repaso de su trayectoria, agradeciendo de forma directa a quienes realmente lo sostienen: los fans.

“He tenido una vida de película: del culturismo al cine y después a la política. Pero todo lo que he logrado se lo debo a vosotros. El público lo es todo”, afirmó.

En una conversación distendida con Álex de la Iglesia, el actor habló de sus comienzos como fisicoculturista:
“El culturismo no es solo esculpir el cuerpo; es un ejercicio de mente y disciplina. No hablas, no actúas. Convences con gestos, con posturas. Es un arte silencioso”. Y explicó cómo aplicó esa mentalidad al cine:

“Si entrenaba seis horas al día para competir, tenía que hacer lo mismo para actuar. Tomé clases de interpretación, incluso para perder el acento… pero no funcionó”, bromeó, provocando carcajadas en la sala. “¡Tengo que encontrar al profesor y pedirle que me devuelva el dinero!”

Conan: el inicio de una leyenda

Cuando el tema giró hacia Conan el Bárbaro, Schwarzenegger no dudó en rendir homenaje al director John Milius:
“Una película necesita un gran director. Y Milius lo era. Me hizo entrenar durante dos años con espadas, caballos y hasta me pidió que estudiara a Toshiro Mifune en Los siete samuráis, para capturar esa intensidad en la mirada. Gracias a él, llegué al rodaje preparado para rodar, no para ensayar”.

Y agregó: “Nunca olvidaré sus enseñanzas. Conan fue mi salto al mundo”.

También se permitió una reflexión sobre su admiración por los cineastas que marcaron su carrera: “Cameron, Reitman, Verhoeven… Para mí, lo más importante en una película son dos cosas: el director y el público. Sin esas dos piezas, el cine no existe”.

Convertirse en Terminator

Y hablando de Cameron, era imposible no hablar del T-800, el papel que lo convirtió en inmortal:
“Terminator exigía algo distinto. Tenía que ser una máquina. Sin emociones. El culturismo me ayudó a concentrarme y controlar cada movimiento. Recuerdo que, en una escena, movía los ojos muy lentamente para ‘escanear’ un coche, y cuando terminó la toma, James Cameron me dijo: ‘Has hecho mucho más de lo que escribí. Eres el Terminator’. Y ahí supe que habíamos creado algo grande”.

Una rivalidad convertida en hermandad

En los 80 y 90, no había dos nombres más grandes en el cine de acción que Schwarzenegger y Stallone. Su rivalidad fue tan icónica como sus películas.

“Un día Sly se me acercó y me dijo: ‘Tú mataste a 60 personas en Conan, pero yo maté a 87 en *Rambo’”, contó imitando a Stallone, entre risas.

“Eso nos llevó a usar armas cada vez más grandes, a aumentar el caos en pantalla. Al público le fascinaba. Pero con el tiempo, esa competencia se transformó en amistad. Creamos Planet Hollywood, recorrimos el mundo… ahora somos como hermanos”.

La inesperada comedia

Aunque nadie lo esperaba, Arnold también conquistó la comedia.
“Me crucé con Robin Williams e Ivan Reitman. Robin me soltó: ‘Eres muy gracioso, deberías hacer comedia’. Y en cuanto Ivan llegó a casa, empezó a escribir Los gemelos golpean dos veces. Fue un éxito rotundo. Incluso la proyectamos en la Casa Blanca. Y, sí, hice mucho dinero. En Hollywood es difícil salir del tipo de papel en el que te encasillan, pero ese giro fue de los mejores de mi vida”.

Ya sobre el final, Arnold se puso serio y compartió una reflexión muy personal sobre el mundo que vivimos:
“Tenemos la obligación de dejar este planeta mejor de como lo encontramos. La contaminación mata entre cinco y siete millones de personas al año. No podemos ignorarlo”.

Un dardo contra la polarización política:

“En Estados Unidos, republicanos y demócratas se odian. Pero todos son americanos. No debemos ver al otro como enemigo. No hay enemigos. Nadie debería odiar a nadie. Lo más importante es respetar al que piensa diferente”.

La ovación final fue tan imponente como el personaje que la provocó. Y antes de retirarse, Arnold dejó una última frase que quedó flotando en el aire como un eco cinematográfico:

“Muchas gracias a todos y… ¡Hasta la vista, baby!.