
Por las buenas o por las malas parece ser el lema del presidente Donald Trump. En menos de tres semanas lanzó una campaña antimigratoria en Estados Unidos y forzó, a golpe de amenazas, a algunos países latinoamericanos a colaborar.
Tiene a su disposición toda la maquinaria gubernamental, a cuyo frente ha colocado a leales escuderos dispuestos a cumplir órdenes, incluidos el Pentágono o los departamentos de Estado, Justicia o Seguridad Interior.
Su jefe de la diplomacia, Marco Rubio, lo resumió en una frase en un artículo en el Wall Street Journal antes de partir de gira por Panamá, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y República Dominicana.
«Algunos países cooperan con nosotros con entusiasmo, otros no tanto. Los primeros serán recompensados. En cuanto a los segundos, el presidente Trump ya ha demostrado que está más que dispuesto a utilizar la considerable influencia de Estados Unidos para proteger nuestros intereses», escribió.
Dicho y hecho. El secretario de Estado se anotó varios tantos en este viaje, centrado en la seguridad fronteriza, la lucha contra la migración ilegal y la influencia de China en el canal de Panamá, que Trump amenaza con «recuperar».
Costa Rica prometió endurecer la lucha contra el crimen organizado, Guatemala aceptó más vuelos de migrantes deportados, incluidos extranjeros, y El Salvador propuso recluir en una megacárcel a migrantes convictos deportados de cualquier nacionalidad y a presos estadounidenses.
Para conseguir los objetivos de Trump «van a tener que moverse a un ritmo que creo que el gobierno federal no está acostumbrado a manejar, y para hacer eso, tendrán que hacer algunas cosas poco convencionales», declaró esta semana en un foro en el centro de reflexión estadounidense Wilson Center.
Para ir rápido la administración republicana echa mano de la amenaza de los aranceles, una de las palabras favoritas de Trump.
Colombia se negó a dejar aterrizar a aviones militares con migrantes expulsados por Washington, pero optó por negociar un trato para evitar tarifas aduaneras.
Desde que regresó a la Casa Blanca el 20 de enero el magnate avanza a marchas forzadas en todos los frentes con decretos, y la migración no escapa a la norma.
La lista se alarga casi a diario. Su última medida: enviar migrantes a la base estadounidense de Guantánamo, en Cuba, por donde han pasado cientos de prisioneros acusados de terrorismo, aunque también se ha usado para recluir a solicitantes de asilo.
Una jueza federal ya bloqueó su intento de restringir la ciudadanía por nacimiento en Estados Unidos.
«Muchas de las órdenes ejecutivas que la primera administración Trump tomó y las que se están haciendo ahora, terminarán pleiteadas y probablemente bloqueadas, y eso hace que sea muy difícil poder alcanzar objetivos», reconoció Blas Núñez-Neto, exsubsecretario del Departamento de Seguridad Interior (DHS) en el Wilson Center.
Con información de la agencia de noticias: AFP