
Cada 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, un día dedicado a la lucha por la igualdad, la participación y el empoderamiento del ya no considerado «sexo débil» en todos los ámbitos de la sociedad. Desde Mediatiko queremos exponer la situación de la mujer hispana migrante, los desafíos para cumplir con sus metas, en medio de una cruda realidad, en pleno siglo 21.
Con el tiempo las exigencias de cada país para recibir migrantes fue aumentando, así como el peligro de aventurarse a lograr el sueño americano, sobre todo para ellas. Anteriormente se podía tomar un vuelo hasta a México y de ahí cruzar a Estados Unidos, ¿se corrían peligros? sí, pero eran menos los abusos como los son ahora.
Los países latinoamericanos empezaron a pedir visa y se unieron las familias que no tenían para pagar un pasaje dando comienzo a las famosas travesías para cruzar la selva del Darién con todas las amenazas que ello implica, sostiene Patricia Andrade, de Venezuela Awareness Foundation, una organización que desde hace 19 años ayuda a los migrantes que apuestan al todo o nada por llegar a suelo norteamericano.
“El 90% de las mujeres que he conocido, que han pasado el Darién, el 90% han sufrido abuso sexual, algunas inclusive lo sufren ellas y las hijas, en otros casos las madres permiten que la violen para que no les roben o trafiquen con sus hijos, o para que no violen a sus hijas”, fue el crudo relato que dio Andrade para Mediatiko.
Aunque conoció a algunos hombres que también dicen que «se violan a los hombres, que allí no perdonan a nadie, otros señalan que depende del dinero que se pague, se evitan esos peligros». Ya escuchó cientos de historias, y todos cuentan que vieron muertos en el camino, que «delante de ellos murió alguien de un infarto o que vieron lesionados abandonados en el camino que terminan delirando por el hambre o que no se pueden mover».
Hace poco la ONG Médicos Sin Fronteras identificó la violencia sexual en las rutas migratorias como uno de los grandes retos pendientes de la región. Según sus registros, el año pasado atendieron 61 casos directos por agresión sexual y más de 3.200 por consultas sobre salud sexual y reproductiva.
Con ello desnudan que las mujeres que salen de sus países con la mentalidad puesta en América del Norte conlleva un largo camino de «espinas» por delante. Entre esas «espinas» se encuentra el miedo, el hambre y la violencia. Muchas vienen de Honduras, El Salvador, Guatemala, Venezuela y deben cruzar 5.000 kilómetros de México para llegar a la frontera norte.
El precio del pasaje que deben pagar es «entregar el propio cuerpo» y a esta agresión se suma que por ser migrantes ilegales no reciben la debida atención en los hospitales públicos y dependen de organizaciones para conseguir anticonceptivos, tampones, trato humanitario o asistencia psicológica.
Casi un 80 % de las 673 víctimas de trata en 2020 -un número que apenas se acerca a la realidad- eran mujeres y niñas, según el informe Trata de Personas del Departamento de Estado de Estados Unidos.
La violencia sexual es solo la punta del iceberg. Desde el Instituto Nacional de Salud Pública, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México indican que un 29% de los migrantes son víctimas de violencia física, psicológica o sexual.
La impunidad es la constante de la mayoría de los casos. El temor a ser repatriados y la desconfianza en las autoridades hace que solo se denuncie 1 de cada 10 casos, asegura esta investigación de 2021. En total, Médicos Sin Fronteras atendió a 24.600 migrantes entre Honduras, Guatemala y México.
En el caso de las familias venezolanas que se ven obligadas a salir por la crisis política, económica y humanitaria, las parejas jóvenes con niños son los que más emigran porque buscan un futuro mejor para sus hijos y son las mujeres las que hacen de «colchón» emocional para lograr la estabilidad una vez llegado al territorio norteamericano donde no conocen nada y tienen la barrera del idioma.
Muchos vienen con muy poco dinero, no conocen a nadie, no dominan el idioma. El hombre viene con esos deseos de sacar a la familia adelante, pero con muchos miedos al futuro, los niños salen de su estabilidad, a unas condiciones que no son las mismas y los obliga a comenzar de cero. «En ese momento está la mujer. Es la que logra el equilibrio en ese momento en que la familia se tambalea, la que la contención, el amor y con fortaleza lo logran en medio de todo el rompecabezas del temblor emocional del proceso de migrar salir adelante y sacar adelante a la familia», dijo la voluntaria.
Los venezolanos emigran a Colombia por el Puente Internacional, de ahí ingresan por la selva del Darién hasta Panamá, cruzan Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala hasta México y de allí a Estados Unidos. Si bien muchas personas logran sus objetivos el costo aún no se dimensiona, pero es muy alto.
«De qué te sirve tener el carro del año, el departamento de lujo, tus hijos bilingües si en el fondo tienes un trauma que de acuerdo al caso puede ser el estrés postraumático de por vida. La salud mental no se toma en cuenta, hay personas que caen en depresión, adicciones y no entienden por qué, si lo tienen todo, digamos», indicó.
La salud mental de los migrantes es algo que no se puede minimizar, «se debe tratar», indicó Andrade, quién junto a su staff de voluntarios reciben la asistencia de una psicóloga, dispuesta a ayudar y que entrena para dar contención a los voluntarios que están frente a estas personas en un programa que se llama «Raíces venezolanas», que ya tiene 7 años en Miami, Florida.
A pesar de estos desafíos, las mujeres migrantes son un bastión importante y siguen aportando beneficios vitales a sus países de origen, tránsito y destino.
